Abrir una farmacia rural en Rebordelos (Carballo) fue un cambio total en la vida del boticario coruñés

Basilio Bello

Persona con historia | Abrir una farmacia rural en Rebordelos (Carballo) fue un cambio total en la vida del boticario coruñés

26 ago 2021 . Actualizado a las 05:00 h.

La relación con sus vecinos y el trato diario han enamorado a Ramón Páez (Ortigueira, 1966) desde que abrió su farmacia en la parroquia carballesa de Rebordelos. «Intégraste no pobo ata ser unha parte máis. Ese poder estar coa xente é impagable», comenta orgulloso. Un trato cercano y «facer un bo traballo» son los objetivos que este boticario rural perseguía cuando abandonó la urbe coruñesa.

A los 5 años se trasladó con sus padres desde Ortigueira hasta A Coruña, nuevo destino de trabajo de su padre. En el instituto se empezó a interesar por la química y, cuando llegó el momento de escoger carrera universitaria, algunos compañeros y profesores le recomendaron estudiar farmacia por las mejores oportunidades laborales. Tras su graduación en 1990, inició su carrera profesional en el servicio nocturno de varias farmacias del casco urbano coruñés.

Al poco tiempo, su hermano le recomendó solicitar una apertura. Ramón pensó en una zona rural, ya que la normativa era más laxa. Tardó varios años en conseguir la licencia, que en un principio le fue denegada y, luego de ganar una contienda legal que llegó al Tribunal Supremo, el 2 de mayo del año 2001 abría en Rebordelos la farmacia Ramón Páez Álvarez, en un antiguo salón de bailes que, antes de acoger a la botica, funcionaba como almacén agrícola. Unos años más tarde, en el 2008, con su familia ya asentada, trasladó el negocio a un bajo frente a su casa.

«Vir ao campo era unha aposta, pero foi un descubrimento da profesión. Podía saír mal, pero a calidade de vida que dá o campo era algo que non se podía desaproveitar», dice el farmacéutico, que asegura estar «encantado de vivir aquí». Completamente asentado en el municipio, combina su trabajo con un pequeño huerto en su propiedad: «Ás veces intercambio verduras cos veciños e, agora, gustaríame montar un galiñeiro, pero aínda non tiven tempo», comenta jocoso. 

El cariño y el agradecimiento

«Moitas veces, cando estás fóra do traballo, alguén se achega para que lle mires algo», comenta Páez. En su farmacia hacen los diagnósticos habituales: la tensión o el azúcar, aunque extienden su ayuda a los trámites médicos: «Veñen coa copia das análises para que lles explique a situación, ou axudamos a sacar cita no centro de saúde co seu médico de cabeceira. Temos unha poboación envellecida, daquela precisas tempo, paciencia e cariño». Ramón se implica un poco con sus vecinos y no se limita a proporcionarles medicamentos tras un mostrador. «Hai xente que nos consulta sobre os seus familiares ou pídenos consello para coidalos», explica y, aunque en la nueva normativa las farmacias rurales ya no tienen que estar operativas las 24 horas, Páez siempre está dispuesto a echar una mano. «Polas noites, na Coruña, non establecías ningunha conexión cos pacientes porque só ían cando tiñan urxencias. A proximidade tamén ten unha mala cara, cando un tratamento non sae ben e non ten efectividade tamén o tes que saber levar», dice Páez.

Con el coronavirus y la cuarentena, la situación de muchas personas se agravó, pues las restricciones a la movilidad impedían a muchos familiares visitar a sus padres y abuelos, por lo que confiaban en él para su control y vigilancia. «O agradecemento que che transmiten os veciños é o mellor do meu traballo», asegura el farmacéutico rural.

«A xente adoita poñerse nerviosa, sobre todo se implica a nenos»

Ramón recuerda con humor la única vez que le llamaron para una «emergencia» y dejó sus quehaceres para abrir la botica y atender al aviso. «Eu notei nerviosismo na voz da señora que chamou, polo que acudín rapidamente», cuenta Páez, «e cando chegou, pediume unha xiringa, polo que pensei que sería para tomar algún tipo de medicamento. Cando volveu outro día, díxome que fora para tratar con gasóleo a couza».

Situaciones como esta «urgencia», Páez comenta que son habituales en su profesión, porque «a xente adoita poñerse nerviosa, sobre todo se implica a nenos. Aínda que tamén xente maior me ten chamado fóra de hora por se lles podía dar as pastillas para durmir, por exemplo, que por non tomala un día non pasaría nada. Entra dentro do noso traballo informar á xente. É unha cuestión básica» explica el farmacéutico. También ocurren casos de despreocupación. El licenciado recuerda una ocasión en la que un hombre se acercó a la farmacia para comprar una crema que le aliviase el dolor de las picaduras de avispa: «Cando chegou, pedinlle que levantara a camisa para ver como tiña a zona. Debía ter sesenta picadas. Neses casos aconsellas que vaia ao centro de saúde, claro, igual que a moitos que veñen dos curandeiros peor do que estaban por non tratarse correctamente».

Un problema en el rural es el desplazamiento al centro médico de referencia: «Moita xente enfádase cando os mandas ao centro de saúde a pola receita». Ante estas situaciones, Ramón se arma de paciencia y explica a sus vecinos la situación. Incluso en una ocasión una empleada trasladó a una persona mayor que vivía sola al consultorio de Carballo para recibir tratamiento.




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