Farmacéuticos de hospitales, héroes en la sombra durante la primera ola de la pandemia

Sandra Flores es farmacéutica especialista y tiene a su cargo a unos ciento setenta profesionales que trabajan en la Farmacia Sanitaria del Hospital Virgen del Rocío de Sevilla. El Virgen Macarena cuenta con unos sesenta y cinco y el Hospital de Valme una treintena. Apenas han salido en los medios de comunicación explicando su labor pero estos farmacéuticos y todo su equipo de técnicos, especialistas, auxiliares y personal encargado de tareas logísticas, velaron paara que ningún paciente de sus respectivos centros (atendieron más de 72.000 consultas sólo en el Virgen del Rocío a lo largo de 2020) se quedara sin sus medicinas durante la primera ola de la pandemia, que dejó al límite el suministro.

 se llegó a la catástrofe. Es verdad que hubo días en que no sabíamos si llegaría el camión a tiempo al hospital y por eso tuvimos que monitorizarlos para saber a qué hora del día dispondríamos de las medicinas», cuenta Flores, que lleva veinte años trabajando como farmacéutica hospitalaria y que nunca se había visto en una igual. Ni ella ni los 30 farmacéuticos especialistas del Virgen del Rocío, los 15 del Virgen Macarena, los 10 de Valme y los 4 de Osuna. Estos 59 profesionales, como el resto de sus compañeros en las oficinas de farmacia sevillanas (más de 900), lideraron, cada uno en su ámbito de trabajo, la respuesta sanitaria al enorme reto logístico que supuso la primera ola de la pandemia. Si los medicamentos no hubieran llegado a los pacientes en tiempo y forma, el número de muertes directas e indirectas provocadas por el coronavirus a lo largo de la primavera de 2020 hubiera sido aún mayor del que fue.

Para hacernos una idea de lo que supone una farmacia en un gran hospital basta decir que dispensan unos 10 millones de medicamentos al año. Eso es lo que hizo el Virgen del Rocío en 2020, distribuidos en 32.000 referencias distintas. Hablamos de un gasto anual de 136 millones de euros, de los que unos 100 millones se destinan a personas no hospitalizadas. Entre medicamentos y recetas, el primer hospital sevillano invierte unos 200 millones de euros al año; de esa cantidad unos unos 5 millones de euros corresponden a recetas que se recogen en oficinas de farmacia.

Que esos 10 millones de medicinas lleguen a los pacientes a tiempo puede suponer la diferencia entre la vida y la muerte. Y durante la primera ola de la pandemia se produjo un fenómeno insólito en Europa desde el fin de la II Guerra Mundial: un desabastecimiento global de medicinas. «España y la UE tienen que repensar por qué hemos tenido tanto desabastecimiento. Hemos dejado de producir medicamentos en Europa por las deslocalizaciones a China y otros países asiáticos y en la pandemia hemos sido los más afectados por el desabastecimiento con un gran peligro para la supervivencia de muchas personas», advierte Sandra Flores.

La veterana jefa de Farmacia Hospitalaria del Virgen del Rocío no recuerda haber vivido nunca un desabastecimiento de propofol, fentanilo y algunos relajantes musculares. «Son medicamentos muy habituales en los hospitales y, en general, poco costosos. Con el inicio de la pandemia, todos los hospitales empezamos a pedir tres o cuatro veces lo que pedíamos habitualmente y las cadenas de producción no dieron abasto», cuenta. En los medios de comunicación se informaba de la falta de mascarillas y de EPI pero no de medicamentos esenciales. Como cuenta José Antonio Marcos, responsable de Atención Farmacéutica a pacientes oncológicos del Virgen Macarena, «sedantes y relajantes musculares como midazolam, propofol y cisatracurio fueron algunos de los fármacos que escasearon, por ser los más utilizados en las UCI de los hospitales. Otros medicamentos esenciales durante la pandemia, como remdesivir o tocilizumab, también estuvieron sometidos a un control especial de la Agencia Española de Medicamentos y Productos Sanitarios».

Fabricaron cantidades industriales de solución hidroalcohólica y jarabes para pacientes Covid con problemas de deglución

Los farmacéuticos sevillanos gestionaron la escasez con éxito sin que ningún paciente perdiera una sola dosis de su medicación. «Muchos medicamentos venían de Madrid y se quedaban allí porque la situacion era crítica. Los hospitales madrileños lo acapararon todo y tuvimos que monitorizar los camiones,cosa que nunca habíamos hecho en nuestra vida. ¿Ha salido el camión con las medicinas? ¿Por dónde va?», recuerda que preguntaba Sandra Flores. A menudo les decían que por Despeñaperros y a continuación informaban de que se volvían para Madrid porque hacían falta en La Paz o el Gregorio Marañón. «Eso nos pasó muchas veces», cuenta esta farmacéutica. Había pacientes con medicación pulmonar que se morirían si no tomaban la medicación; también otros con VIH, enfermos cardiacos, inmunodeprimidos o pacientes trasplantados verían en peligro su vida.

El Virgen del Rocío repartió medicinas a otros hospitales, a pesar de lo cual todos sufrieron esta escasez. «En la primera ola se ampliaron muchas camas de UCI y eso llevaba aparejado un aumento de medicación para ese área y las demás. Hubo problemas de suministro en algunos medicamentos muy demandados. Los envases comerciales los adaptamos para no desaprovechar nada de ningún vial. Hicimos viales más pequeños para optimizar la medicación al milímetro (y al mililitro) para que ningún paciente se quedara sin tratamiento», recuerda Ramón Morillo, responsable de Farmacia de pacientes externos del Hospital de Valme. El lopinavir, un retroviral, se volvió a utilizar para pacientes Covid. «Analizamos sus posibles efectos adversos y tuvimos que gestionar muy bien el propofol para los pacientes que necesitaban intubación. El remdesivir se gestionó casi paciente a paciente con el Ministerio», cuenta.

Muchos medicamentos orales y subcutáneos se dispensaron en casa durante la primera ola de la pandemia, pero los intravenosos tenían que aplicarse en un hospital o centro de salud. «Empezamos a llamar a los compañeros de las farmacias hospitalarias de Madrid y nos dijeron que aquello era un desastre. Recuerdo que en el Gregorio Marañón tenían 900 ingresados con coronavirus casi de un día para otro. Tuvimos que cambiar el chip y olvidarnos de la farmacogénetica y de las terapias de última generación para hacer acopio de un tipo de pacientes que no sabíamos cómo tratar. Cada día era un conocimiento nuevo», cuenta Sandra Flores.

Para evitar muertes o agravamiento de enfermedades, hicieron encajes de bolillos y tuvieron que echarle imaginación. «En ese momento teníamos el control exhaustivo de las existencias y nos vimos obligados a hacer previsiones de lo que ibamos a consumir en las doce horas siguientes. De los viales utilizamos hasta la última gota, aunque la medicación Covid no se recuperaba en la primera ola cuando un paciente fallecía poque nadie sabía cómo se transmitía el coronavirus», cuenta la jefa de Farmacia del Virgen del Rocío. Y añade: «En la primera ola descartábamos la medicación que había tocado algún paciente Covid y hacíamos la dosis exacta administradas para no desperdiciar ni una gota. Había que aprovechar lo poco que había y lo optimizamos todo en el servicio de farmacia».

Monitorizaron los camiones de transporte y gestionaron la escasez aprovechando hasta la última gota o pastilla. Llegaron a hacerse «selfies» con los caminones, como si fuera una foto en la playa

Los farmacéuticos hicieron mucha más farmacotecnia que antes en los hospitales. Volvieron a sus orígenes e hicieron jarabes para los pacientes Covid con problemas de deglución para tomar pastillas. También fabricaron solución hidroalcohólica cuyos dos componentes son glicerina y alcohol. «Nos quedamos sin glicerina pero la Consejería de Salud la consiguió finalmente glicerina y nos la trajo y las distribuimos a los demás hospitales», cuenta Sandra. Pasar tanto alcohol por la aduana tambien era un problema y la Guardia Civil llamaba con frecuencia a los hospitales para preguntar: «¿Cinco mil litros otra vez?». «Trabajamos con destilerías alcohólicas, además de los proveedores habituales de las farmacias. Las destilerías colaboraron voluntariamente y las facultades de Medicina y de Farmacia también nos ayudaron mucho. El alcohol puro de las dos facultades y de la Olavide lo recepcionamos aquí para hacer el gel hidroalcohólico. Se quedaron sin nada y todo el que tenía algo nos lo mandaba. Lo fabricamos a la máxima velocidad. No había botes de plástico para meter las soluciones hidroalcohólicas», cuenta Flores.

La farmacotecnia se volvió vital en esos meses: «Estuvimos trabajando veinticuatro horas los siete días de la semana las Esto nunca había pasado antes». Estos profesionales confiaban en que no se llegara al punto de tener que decidir a quién se le daba medicación y a quién no por falta de unidades suficientes. En Sevilla se evitó. «En Madrid no lo sé. Los hospitales comprábamos directamente a los laboratorios pero la Agencia Española del Medicamento se hizo cargo para distribuirlos equitativamente por número de camas de cada hospital y evitar que alguno hiciera acopio», cuenta Flores.

Se hizo una reserva estratégica de medicamentos según la cual se tenía que justificar «paciente a paciente» lo que necesitaban. Paciente a paciente y día a día. «Se mandaba casi comprimido a comprimido y en el hospital o en las residencias que medicalizábamos les dábamos los fármacos uno a uno a cada paciente, por la mañana y luego por la tarde. Por escasez y por si fallecían, para que no se perdiera ni una sola dosis», insiste Flores. No se podían deshacer de diez comprimidos a la vez y esperaban los camiones como auténticos salvadores. Jugaban con el tiempo, con las horas del camión, con el suministro.

Aquello salió bien porque hubo mucha solidaridad entre hospitales. «La gente sabía que te podías ver en esa situación y hubo mucha generosidad. A las cinco de la tarde esperábamos el camión y a las doce de la noche estábamos los jefes de servicio de farmacia de todos los hospitales haciendo el recuento de lo que nos quedaba. Los oncológicos se priorizaron y nunca un paciente se llegó a quedar sin medicación importante, aunque sí ha faltado paracetamol; y si el camión no llegaba a las cinco de la tarde teníamos que dispensar otra cosa. Aquí dispensamos habitualmente para dos meses y sólo podíamos hacerlo para quince días. Las asociaciones de pacientes nos ayudaron mucho».

Al Virgen del Rocío le tocó prestar, sobre todo hidroxicloroquina, que se retiró de todas las oficinas de farmacia y lo pasó todo a hospital porque parecía ser eficaz contra el Covid, como algún otro antiguo medicamento. «Si llegaba el remdisivir hacíamos una foto con el camión y alguien la ponía en el whastsapp del grupo como si fuera la foto de una boda. ¡Una foto de un camión de medicamentos era como un selfie en la playa!», cuenta Flores.

José Ant0nio Marcos y Sandra Flores colaboraron en todo momento y gestionaron la escasez con éxito
José Ant0nio Marcos y Sandra Flores colaboraron en todo momento y gestionaron la escasez con éxito – ABC

Una de las grandes preocupaciones del personal de los servicios de farmacia sevillanos fue mantenerse sanos, cosa que lograron con mucho esfuerzo, sacrificio y responsabilidad. «Desde el estado de alarma solo tuvimos tres positivos en Covid. Tomamos precauciones casi inhumanas para que los médicos solo se preocuparan de lo suyo, tratar de salvar vidas, que era lo más importante, y nosotros de que el protocolo de medicación pudiera cumplirse para ayudarles», cuenta la jefa del servicio de Farmacia. Las seis farmacias en el Virgen del Rocío se organizaron en burbujas que nunca se juntaron unas con otras. «Lo que establecimos fueron grupos estancos de convivencia. Nos distribuimos los 170 profesionales en cinco edificios diferentes, aunque la mitad, entre ellos embarazadas y mayores de 58 años, trabajó desde sus domicilios», cuenta Sandra Flores, a la que hicieran jefa del servicio de Farmacia diez días antes del 14 de marzo de 2020, cuando se decretó el Estado de Alarma y el confinamiento domiciliario.

Ni los farmacéuticos ni los demás profesionales llegaron a desconectarse nunca durante esos meses, por si era necesario trabajar, ya fuera de día o de noche. «Nunca he llegado a apagar el móvil ni desconectar los datos en estos quince meses. Y nadie lo hizo. Hubo mucho compromiso. Los que nos quedamos aquí decidimos unos turnos. Los casados con médicos y otros farmacéuticos con hijos se turnaron para cruzarse y cuidar de los niños sucesivamente», cuenta Flores, quien confiesa haber llorado mucho. «Teníamos mucha ansiedad y nos ayudamos los unos a los otros. Nos abrazábamos con mascarilla. Y nos centramos en el foco: ayudar a los pacientes».

Había farmacéuticos internos residentes (FIR) que vivían solos en Sevilla y pasaron en absoluta soledad esos meses, lo cual les pasó factura física y psicológica. Varios sufrieron depresión y fueron atendidos por el servicio de Salud Mental. «Llegábamos a las siete de la mañana y nos íbamos cuando podíamos. Hubo noches en las que me tuve que quedar aquí. Y en cuanto alguien estaba mal, o al límite, que no rendía o no se concentraba a pesar de su manifiesto compromiso con el servicio, lo mandábamos a casa unos días para que se recuperara».

Fueron, no obstante, pocos, los que no tuvieron más remedio que darse de baja. El marido de Sandra se quedó con la hija pequeña de ambos. «Yo llegaba y no podía dar abrazo a mi hija. Dábamos los beso que dábamos y dormíamos en otra habitación. Me he sentido mala madre durante esta pandemia porque he visto muy poco a mi hija», confiesa. A sus padres, como la mayoría de los españoles por aquellas fechas, los veía a través de las videollamadas. «Estas Navidades son las primeras en mi vida que no hemos podido cenar con mis padres. Cuando se vacunaron, se hizo una fiesta en casa, sobre todo porque mi hija pudo ver por fin a sus abuelos, después de diez meses. «No podíamos contagiarnos ni tener que pasar una cuarentena porque el hospital necesitaba esos medicamentos». Los que no tenían familia lo pasaron muy mal y los que la tenían, también. Ni siquiera sabían que a los niños apenas les afectaba el coronavirus.

A Sandra su marido le dijo en más de una ocasión que se relajara y ella le respondió que no sabía lo duro que era un ingreso Covid. «El paciente está solo, aislado, con miedo. Ojalá no te toque», le dijo. Sabía que si cualquiera de ellos entraba en UCI, podría no salir de allí o hacerlo con grandes secuelas. «A veces saber demasiado no es bueno», cuenta.

Pocos farmacéuticos llegaban a su casa antes de las 8 pero desde el hospital escuchaban los aplausos de la gente. «Hubo mucha solidaridad. Nos regalaron crema de manos, mascarillas, pantallas, camisetas de Zara y ropa interior de Oisho. Nos vinieron muy bien porque nos poníamos siempre pijamas. Las casas de cosmética nos mandaron muchas cremas, pasta de dientes y cepillos. Y empresas de comida nos mandaron alimentos, zumos, botellas de agua, frutas, pizzas», cuenta Flores agradecida.

Desde la Agencia Española de Medicamentos y Productos Sanitarios (AMEPS) se actualizaba un listado de medicamentos que se consideraban esenciales. Midazolam, cisatracurio, rocuronio, propofol, azitromicina, ciclosporina, bromuro de ipratropio, salbutamol, dexametasona, remdesivir, tocilizumab o noradrenalina eran algunos de ellos.

Casi todos los hospitales tuvieron que fabricar solución hidroalcohólica. La Consejería de Salud consiguió la glicerina y el alcohol pasaba por la Aduana ante la mirada sorprendida de los guardias civiles

Muchos dormían cuatro horas como mucho. El agotamiento era aliado del insomnio. Antes de la pandemia trabajábamos de ocho a tres y pasamos a trabajar todo el día, sin hora. Pero nadie me ha pedido una sola hora extra, ni se abonaban ni se han pedido. Nadie protestó. Hubo mucha responsabilidad», cuenta Flores.

Pasaron miedo, incertidumbre y ansiedad. Se borraron muchas sonrisas y algunos perdieron los nervios, pero en general todo el mundo actuó con una enorme responsabilidad. «¿Por qué nos hicimos farmacéuticos en el hospital? Hicimos un MIR tras acabar la carrera de Farmacia y estuvimos estudiando y trabajando cuatro años en el hospital. Para eso tiene que gustarte esta carrera, la farmacia, los pacientes, las personas, el hospital, ser capaz de dar soluciones. La pandemia nos devolvió al origen de nuestra profesión, la de ayudar a los demás, cuenta Sandra Flores.

Los alumnos de la Facultad de Farmacia colaboraron de forma extraordinaria. Fueron 8 en el Virgen del Rocío. El hospital tiene 400 ensayos clínicos y había que mantenerlos. Y lo logró. «La telefarmacia permitió obtener mucha información pero no fue fácil y seguimos en ello. Y las redes sociales nos han ayudado mucho. El twitter ha sido una de las comunicaciones principales con los pacientes durante la primera ola de la pandemia. Se resolvieron muchas dudas a través de twitter sobre suspender o no medicaciones. Y se dio una respuesta única por todos los canales. La telefarmacia estaba empezando antes de la pandemia y hemos dado el paso a marchas forzadas. Hemos acelerado varios años», dice Flores.

Y añade: «Los pacientes nos escribían por el twitter y nos daban las gracias y muchos ánimos. Lo agradecimos mucho. Otras profesiones no las tuvieron como las cajeras de los supermercados, que no lograron ese reconocimiento ni los aplausos de las 8. Las limpiadoras y los celadores fueron muy importantes».

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